– Totalmente, papá. -Y gracias por todas las noches en que te sentaste conmigo cuando no podía dormir, agregó en silencio.

– Eso es maravilloso, cariño -la voz de Sharon estaba llena de alivio.

– ¿Necesitas que enviemos más suministros? Haré que uno de nuestros pilotos haga un descenso.

– Haré una lista y te la daré mañana. Necesito dormir ahora. Estuve levantada toda la noche.

– Cuídate, Tansy -dijo su madre, su voz de vuelta a la normalidad, una vez más optimista y feliz, como si utilizando su tono burbujeante pudiera reforzar a Tansy-. Si no regresas pronto tu padre y yo tocaremos en tu puerta.

Don bufó y Tansy se echó a reír.

– Bien, mamá. Sólo otras pocas semanas y estaré en casa. -Hizo ruidos de besos y terminó, sintiéndose muy afortunada y agradecida de que Don y Sharon fueran sus padres.

Siempre se había sentido amada por ellos, aunque fuera tan diferente. Siempre había sido diferente. Desde niña detestaba tocar objetos. Incluso la vajilla y utensilios eran suficientes para hacerla explotar, llorando y meciéndose, tan angustiada que sus padres se turnaban aliviándola, caminando con ella arriba y abajo, cantándole. La escuela había sido una pesadilla para ella y, al final, habían empleado tutores privados… lo cual había roto el corazón de su madre.

Tansy suspiró. Había querido tanto ser esa chica con que su madre podría compartir la vida. Los bailes del colegio, las sesiones nocturnas de chismes, la maravillosa boda de cuento de hadas. Su madre nunca tendría eso y Tansy lo deseaba para ella, así como su madre deseaba esa vida para Tansy.

Al final, después de meses en un hospital, se había dado cuenta de que no podía ser esa chica… nunca sería esa chica. Se había aceptado como realmente era, defectos y todo, y se las había arreglado para hacerse una nueva vida para ella misma. Estaba contenta, incluso feliz, aquí en las tierras salvajes.

Tansy apagó la radio y comenzó a bajar el sendero que llevaba a la piscina natural.



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