– Deberías ver las fotos que conseguí -saludó Tansy-. No creo que nadie haya logrado jamás acercarse tanto a un puma en libertad.

– Siempre has tenido una afinidad con los animales. No parece importarles que estés alrededor -concordó Sharon-. Incluso el perro más malo se enamora de ti cuando le hablas. Pero no te acerques demasiado, Tansy. Llevas un arma, ¿verdad?

– Por supuesto, mamá. ¿Cómo está papa?

– Estoy justo aquí, Tansy. Quería oír tu voz. ¿Has terminado? -preguntó Don Meadows.

– Va a tener sus cachorros cualquier día. Pensé que quizás podría filmar el nacimiento, pero ella me engañó y encontró el único lugar donde no podría meter mi cámara. Debería poder fotografiar a los gatitos pocas horas después del nacimiento.

– Lo que significa que no vuelves a casa -su padre hizo una declaración.

Ella se rió.

– Vosotros dos no me quereis en casa. Sois como un par de recién casados y yo obstaculizo vuestra rutina.

– Te queremos con nosotros, Tansy -dijo Sharon, y ahora la preocupación se arrastraba por su voz.

– Me encanta estar aquí arriba -explicó Tansy-. Sé que no lo comprendes, mamá…

Don rió y Tansy supo que estaba tratando de cubrir a su madre.

– Ni siquiera le gusta acampar en una autocaravana, Tansy. No hay modo de que pueda comprender cómo quieres vivir en tierra virgen sin todos los servicios de un hotel de cinco estrellas.

Su padre la había llevado de acampada a menudo durante años, pero su madre había encontrado excusa tras excusa para no ir con ellos. Tansy había cumplido unos diez años antes de darse cuenta de que su madre no quería ir con ellos y que sus excusas no eran reales. Tansy, como su padre, adoraba acampar y esos veranos la habían preparado para su trabajo actual.

– Simplemente no me gusta que estés tan sola todo el tiempo -dijo Sharon, forzando animación en su voz.

– Mamá -le aseguró-, esto es bueno para mí. Aquí lejos no tengo todo esa locura. No puedo estar alrededor de la gente, lo sabes… es peligroso para mí.



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