
Hubo un pequeño silencio. Oyó que su madre se ahogaba y supo que reprimía las lágrimas. Tansy no era normal. Nunca sería normal, su madre la amaba y quería desesperadamente que pudiera ser como otras mujeres. Casarse, tener una familia. Era todo lo que su madre había deseado siempre para ella. Sharon nunca había sido capaz de tener hijos biológicos. Había adoptado a Tansy y deseado para ella todas las cosas que ella no pudo tener.
– ¿Estás segura, Tansy? -preguntó Sharon-. No puedo ayudarte cuando estás tan lejos. No sé si estás sana y feliz. ¿Lo estás? ¿Lo estás realmente, Tansy?
Esta vez la interrupción en su voz fue muy aparente y el corazón de Tansy se encagió.
– Estoy bien, mamá. Estoy muy bien -dijo suavemente-. Soy feliz aquí. Soy productiva. Soy capaz de tener una buena vida con esto y realmente lo adoro. Mi mente se siente limpia y clara aquí fuera.
– Simplemente no quiero que estés sola toda tu vida -dijo Sharon-. Deseo que encuentres a alguien, y seas amada por él de la manera en que tu padre me ama.
Tansy apretó los dedos en los ojos. Estaba agotada e incluso con la distancia, aún con ondas de radio, oyó el dolor y la desilusión en la voz de su madre… no de ella, lo sabía. Sino por ella.
– Os quiero a las dos -dijo Don firmemente-. Y por ahora, eso es más que suficiente, ¿verdad Tansy?
Por supuesto ella deseaba un marido y niños, pero sabía que era imposible. Lo había aceptado y también su padre. Su amor por él, por su capacidad de comprender cuán defectuosa era y aún así amarla de todos modos, se derramaba sobre ella.
– Absolutamente, papá -estuvo de acuerdo, señalándolo-. Soy realmente feliz, mamá. Y no estoy enferma, incluso los dolores de cabeza se han ido.
– ¿Completamente? -preguntó Don, con asombro y esperanza en su voz.
Tansy sonrió, feliz de ser capaz de decir la verdad.
