– Porque vamos a cambiar de coche -respondió él apagando el motor y sacando su llave multiusos del contacto.

– ¿Qué es eso? -inquirió Lucy señalándola-. Oh. Dios mío, ¿no me digas que has robado este coche?

– Robado no; sólo lo he tomado prestado. La dueña está ahí dentro comprando y nunca se enterará.

– Da un poco de miedo… que existan chismes como ése, quiero decir, y que los agentes secretos del gobierno vayan por ahí robando coches.

– Los agentes secretos del gobierno hacen cosas mucho peores, me temo -murmuró él cuando se hubieron bajado del vehículo.

No quería decírselo aún a Lucy, pero tenía un mal presentimiento.

La condujo al coche en el que había llegado allí, un Jaguar plateado, su vehículo particular. No había querido arriesgarse a que lo identificaran, y por ello había hecho el cambio.

– Vaya, éste es mejor que el Mercedes de antes -comentó Lucy cuando estuvieron dentro del vehículo-. ¿También lo estás tomando prestado?

– No, este coche es mío.

Lucy dejó escapar un largo silbido.

– No imaginaba que ser espía estuviese tan bien pagado como para poder tener un Jaguar.

– Y no lo estamos. Este trabajo no es mi única fuente de ingresos -contestó Bryan.

Él mismo nunca habría imaginado que su tapadera, el negocio que había establecido para ocultar su verdadera profesión a familia y amigos, fuese a resultar tan lucrativo.

– Ya puedes deshacerte del disfraz; estamos a salvo.

– Gracias a Dios -murmuró Lucy quitándose la peluca, y su verdadero cabello, una espesa mata de color castaño, se desparramó sobre sus hombros.

A Bryan el pelo de una mujer nunca le había parecido especialmente excitante, pero había algo muy sensual en aquella melena.

Lucy se quitó el chubasquero, lo arrojó al asiento trasero, y maldijo entre dientes.

– Me he dejado los vaqueros en casa de mi vecina.

– No, los guardé yo en… -comenzó Bryan antes de quedarse callado.



10 из 116