– Mi bastón está allí -le dijo la anciana a Lucy, señalándole un bastón de madera apoyado en un rincón.

– Es imposible que esto funcione -gimió Lucy desesperada-. Nadie se creería al verme que tengo ochenta años.

– Ochenta y dos -la corrigió la señora Pfluger.

– Estoy seguro de que aunque haya alguien vigilando ahí fuera, ni se fijarán en ti -dijo Bryan tomando el bastón y tendiéndoselo-. Vamos, prueba a imitar la forma de caminar de una mujer mayor.

Lucy se encorvó y lo intentó.

– Cielos -murmuró la señora Pfluger-. Por favor, dime que no es ése el aspecto que tengo yo cuando voy andando por la calle.

– No, claro que no; estaba exagerando -se apresuró a contestar Lucy. Se acercó a la anciana y le dio un abrazo-. No sabe cómo le agradezco que esté ayudándome, señora Pfluger. Quiero decir que… ni siquiera conoce a este hombre.

– Me ha enseñado su placa -replicó la anciana. Obviamente ni se le había pasado por la cabeza que pudiera ser falsa-. Y además parece un buen chico; estoy segura de que cuidará de ti.

– Eso espero -murmuró Lucy lanzándole una mirada significativa a Bryan-. ¿Nos vamos?

Bryan le dio las gracias a su vecina y salieron de la casa.

– Mantén la cabeza gacha -le dijo en un susurro a Lucy, mientras caminaban calle abajo-. Así. Lo estás haciendo estupendamente. Si no supiera la verdad creería que eres una abuelita.

Cuando llegaron al lugar donde había dejado aparcado el coche en el que había ido hasta allí, le abrió la puerta a Lucy, fingió ayudarla a subir en él, y lo rodeó para sentarse al volante.

Puso el vehículo en marcha y se alejaron. Miró por el retrovisor, pero no parecía que nadie los estuviese siguiendo, y por fin se relajó un poco.

Minutos después entraban en el aparcamiento del centro comercial de donde se había llevado el coche, y lo dejó aparcado cerca de donde lo había encontrado.

– ¿Por qué hemos parado aquí? -le preguntó Lucy.



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