
No, no los había guardado en ningún sitio; se había quedado tan embobado mirando a Lucy bajarse los vaqueros para ponerse el pantalón de chándal de la anciana, que se había olvidado de guardarlos en la mochila de la joven. Claro que ningún hombre con sangre en las venas habría podido apartar la vista. Tenía unas piernas increíbles y…
– No te preocupes; te conseguiremos ropa.
No era momento de pensar en las piernas de Lucy. Tenían un problema, y muy serio. Había creído que aquello de que la estaban vigilando eran sólo exageraciones de la joven, pero los micrófonos ocultos en la casa no eran desde luego producto de su imaginación.
De hecho, después de examinarlos, se había reducido considerablemente la lista de posibles sospechosos. Aquellos micrófonos eran tecnología punta; comprados en Rusia. Eran tan modernos que únicamente su agencia tenía acceso a ellos… aparte de los rusos, por supuesto, pero dudaba que los rusos estuvieran implicados en aquello.
No, alguien de su propia organización lo había traicionado, y eso significaba que su vida y la de Lucy corrían peligro, a menos que identificase a aquel traidor y lo neutralizase lo antes posible.
Capítulo Dos
En vez de tomar el camino más corto para salir de la ciudad, Bryan zigzagueó por varias calles para asegurarse de que no los estaban siguiendo, hasta que finalmente salieron a la autopista.
– ¿Estás bien? -le preguntó a Lucy.
Había esperado que lo acribillara a preguntas acerca de dónde iban y qué iban a hacer; preguntas para las que no tenía aún respuesta, pero la joven iba muy callada.
Lucy asintió.
– Siento haberte puesto en peligro.
Ella se encogió de hombros.
– Sabía a lo que me exponía cuando acepté colaborar con vosotros; tú me advertiste que habría riesgos.
Era verdad que le había advertido que aquello podría ser peligroso, pero Bryan nunca habría imaginado que alguien de la agencia pudiera estar implicado.
