Peggy, que llevaba casi veinte años en el banco, pasaba ya de los sesenta, pero tenía una memoria portentosa para los detalles, y era muy eficiente en su trabajo.

La idea de bajar sola al aparcamiento no se le antojaba muy apetecible, y además se dijo que quizá sería mejor variar su rutina diaria para despistar a quien estaba vigilándola. Tomaría el autobús en vez de volver en coche.

Cuando abandonó el edificio seguía lloviendo. Era una lluvia fina pero incesante, así que abrió el paraguas y aprovechó para ocultarse debajo de él y comprobar que no hubiera nadie a la vista. No vio a nadie sospechoso, así que echó a andar con calma, y se detuvo a unos metros de la parada de autobús y fingió que miraba un escaparate.

Sólo cuando vio que se acercaba el autobús echó a correr y subió a él, justo antes de que se cerraran las puertas. Las únicas personas a bordo además de ella eran una madre y sus dos hijos pequeños; gracias a Dios.

Cuando se bajó en su parada volvió a mirar en todas direcciones. Parecía que no la habían seguido. O eso, o quienes la estuvieran vigilando habían decidido que no tenían por qué preocuparse. Habían entrado en la casa, pero era imposible que hubieran hallado nada que pudiera delatarla. Siempre llevaba consigo la memoria USB.

La casa donde vivía sólo tenía una puerta, así que la había trucado esa mañana al salir para poder saber si alguien había intentado forzarla.

Sin embargo, para su alivio el trozo de hilo que había pillado entre la puerta y el marco seguía en el mismo sitio. Sacó la llave del bolso y entró, deteniéndose un instante para sacudir el paraguas y asegurarse otra vez de que no la habían seguido.

Llevaba dos años viviendo allí de alquiler, y había sido su tío quien le había encontrado aquel sitio. No estaba mal, pero era una casa impersonal en un barrio aburrido, como aburrida había sido su vida hasta hacía unas semanas. De hecho, no se había tomado molestia alguna por hacer la casa más acogedora, así que tampoco le costaría nada decirle adiós.



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