Apenas había cerrado y echado el cerrojo cuando una mano le tapó la boca, al tiempo que el asaltante la agarraba por la cintura, atrapándola de modo que no pudiera huir.

A pesar del pánico que la invadió, Lucy reaccionó con rapidez. Le clavó el paraguas en el muslo y el hombre emitió un gruñido.

Lucy aprovechó para soltarse. Se puso en cuclillas, le agarró una pierna y tiró. El hombre cayó al suelo, y Lucy se apresuró a incorporarse, se giró sobre los talones, y le apuntó a la garganta con la punta del paraguas, como si fuese una espada.

– ¡Lucy, para! ¡Soy yo, «Casanova»! -exclamó el extraño, arrancándole el paraguas y arrojándolo a un lado.

Al hacerlo, sin embargo, no sólo logró «desarmarla», sino también hacerle perder el equilibrio, con lo que Lucy cayó sobre él, y se encontró mirándose en los ojos más azules que había visto jamás.

– ¿«Casanova»? -repitió anonadada.

Sin embargo era una pregunta retórica; sabía que era él. Lo había sabido nada más oír su voz.

– Por Dios, ¿estás loca o qué? Casi me matas.

– Entras en mi casa. Me atacas, me defiendo… ¿y me dices que estoy loca?

– Se suponía que no debías llegar hasta más tarde y no sabía quién eras -replicó él-. Por cierto, ¿dónde has aprendido a defenderte así?

– Asistí a unas clases de defensa personal hace un tiempo -contestó Lucy-. Aún no me has dicho qué estás haciendo aquí. ¿Por qué no has esperado a que llegara?

– Quería averiguar si estaban vigilándote de verdad, como me dijiste.

– Pero… ¿cómo has entrado? La puerta no está forzada.

– He entrado por la casa de tu vecina -respondió él con una sonrisa socarrona, antes de señalarle un enorme boquete en la pared del salón.

Lucy lo miró con los ojos muy abiertos.

– ¿Has entrado por ahí? Por Dios, le habrás dado un susto de muerte a mi vecina. Y no quiero ni pensar qué dirá mi casero cuando vea la pared.



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