
– No estarás aquí para averiguarlo porque nos vamos.
Lucy se sintió inmensamente aliviada al oír esas palabras.
– Entonces… ¿quieres decir que me crees?
Casanova se puso serio.
– En esta casa hay más micrófonos ocultos que en la embajada de los Estados Unidos en Rusia. No hay duda de que alguien ha estado aquí.
– ¿Significa eso que están escuchándonos en este momento? -le preguntó Lucy bajando la voz.
– Supongo que será un sistema de grabación que se active al captar ruido de voces, pero no creo que estén a la escucha ahora mismo. Se supone que a esta hora no deberías haber llegado aún a casa -le explicó él-. Pero no disponemos de mucho tiempo; tenemos que salir de aquí lo antes posible. Así que, si no te importa, ¿podrías…?
Lucy se puso roja como un tomate al caer en la cuenta de que todavía seguía encima de él. Podía sentir cada ángulo de su cuerpo musculoso debajo de ella, y la verdad era que no resultaba desagradable en absoluto. «Por Dios, Lucy, ¿en qué estás pensando?», se reprendió.
Se incorporó con tal torpeza por el azoramiento que al hacerlo le dio sin querer con la rodilla en la entrepierna.
Casanova emitió un gemido ahogado de dolor.
– Eres un peligro público, Lucy Miller -masculló incorporándose.
Cuando se hubo puesto de pie, Lucy pudo mirarlo bien, y tuvo que admitir que ni en sus fantasías lo había imaginado tan guapo: alto, complexión atlética, pelo castaño… y, Dios, ¡esos ojos!
– Tienes tres minutos para recoger lo que te vaya a hacer falta -le dijo-. Sólo lo estrictamente necesario -recalcó-: unas cuantas mudas de ropa interior, medicinas, tu cepillo de dientes… Por la ropa no te preocupes.
Lucy asintió y corrió al dormitorio. Sacó unas cuantas braguitas, sujetadores, y calcetines de la cómoda, su cepillo de dientes, y el medicamento que tomaba para la alergia, y lo metió todo en la mochila.
