
Todavía le quedaban un par de minutos, así que se quitó la falda, la blusa, y las medias, y se puso una camiseta, unos vaqueros, calcetines de algodón, y unas zapatillas de deporte.
No sabía dónde iban, cuánto tardarían en llegar, o si harían alguna parada, así que al menos quería estar cómoda.
Cuando salió del dormitorio, Casanova estaba esperándola impaciente.
– Ya era hora.
– Dijiste tres minutos, y eso es lo que he tardado -contestó ella sin poder reprimir una sonrisita traviesa.
– Estás disfrutando con esto -apuntó él, mirándola con los ojos entornados.
– En cierto modo -admitió Lucy.
Hacía mucho tiempo desde la última vez que había sentido la adrenalina corriéndole por las venas, como en ese momento, y sí, la verdad era que resultaba excitante.
– Pero estoy segura de que tú también; si no, no serías un espía.
Él asintió.
– En fin, vámonos -le dijo antes de conducirla al agujero en la pared.
– Menos mal que la señora Pfluger no está en casa -murmuró Lucy-, le habría dado un ataque.
– ¿Cómo estás tan segura de que no está?
Y dicho y hecho, la señora Pfluger, su vecina de ochenta y dos años, estaba sentada en la sala de estar viendo la televisión.
– Ah, ya está usted de vuelta -saludó a Casanova con una sonrisa.
Aunque casi no podía moverse por la artritis, la cabeza seguía funcionándole tan bien como si tuviera veinte años.
– Hola, Lucy.
La joven se quedó mirándola patidifusa.
– ¿Se conocen?
– Bueno, hasta ahora no nos conocíamos, pero este caballero tan simpático me ha explicado que corrías peligro porque te persiguen unos terroristas y que necesitabas de mi ayuda para poder escapar, así que… -contestó la anciana encogiéndose de hombros, como si aquello fuese algo de lo más normal.
– Pero la pared… le ha destrozado la pared… -murmuró Lucy azorada.
