– Oh, no te preocupes por eso; me ha dado un fajo de billetes para que pueda arreglarla -le respondió su vecina antes de girar de nuevo la cabeza hacia Casanova-. He metido en esa bolsa las cosas que me pidió -le dijo señalando una vieja bolsa de la compra a su lado-. Es ropa vieja que ya no me pongo porque se me ha quedado pequeña.

Casanova le echó un vistazo a los contenidos de la bolsa y sonrió.

– Excelente; está siendo usted de gran ayuda, señora Pfluger -le dijo. Luego se volvió y le tendió la bolsa a Lucy-. Cámbiate. Estás a punto de convertirte en Bessy Pfluger.


Desde que Lucy se pusiera en contacto con ellos, Bryan Elliott, cuyo nombre en clave era «Casanova», había estado investigándola para asegurarse de que era de confianza. Había averiguado muchas cosas sobre ella, como dónde se había criado, dónde había estudiado, y qué empleos había tenido, y hasta el momento les había sido de mucha ayuda. Era lista, discreta, y concienzuda, pero había sido al conocerla en persona cuando más lo había sorprendido. También era valiente, y con el entrenamiento adecuado quizá… No, no debía pensar aquello siquiera.

No podía arrastrarla a la clase de existencia plagada de mentiras que él llevaba. Lucy Miller desconocía la cara fea de la vida y… Y aquélla era probablemente la ropa más fea que había visto jamás, se dijo reprimiendo una sonrisilla mientras la veía enfundarse unos pantalones de chándal de su vecina.

Encima de la camiseta se había puesto un chubasquero horroroso de color verde que parecía una tienda de campaña, y se había colocado en la cabeza una peluca de rizos canosos.

La señora Pfluger le había ofrecido sus gafas para completar el disfraz, pero Bryan le había dicho que no hacía falta, aunque se había cuidado de no añadir que no era necesario porque las gafas de pasta de Lucy eran casi tan feas como las suyas.

¿Cómo podía una chica tan joven llevar unas gafas tan poco estéticas?



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