
Aunque había sido idea suya, ella vaciló. Finalmente, lo siguió arrastrando los pies. Debería haberla ayudado a entrar -incluso le abrió la puerta-, pero se limitó a observarla divertido.
Lo más difícil era meter la cola. Esa cosa estaba llena de muelles y al intentar sentarse en el asiento de cuero del copiloto, le rebotó en la cabeza. Se sintió tan frustrada que intentó arrancársela de un tirón y, al no conseguirlo, empezó a patalear.
Él se rascó la barbilla.
– ¿No está siendo un poco ruda con el viejo castor?
– ¡Ya está bien! -Y comenzó a alejarse por la carretera.
Dean sonrió ampliamente y le gritó:
– ¡Lo siento! No me extraña que las mujeres no respeten a los hombres. Me avergüenzo de mi comportamiento. Vamos, deje que la ayude.
La observó debatirse entre el orgullo y la necesidad, y no se sorprendió al darse cuenta de cuál de las dos emociones había ganado. Al regresar a su lado, permitió que la ayudara a doblar la cola. Mientras ella se la apretaba firmemente contra el pecho, él la ayudó a sentarse. Tuvo que hacerlo sobre una nalga y mirar por un lado de la cola para poder ver por el parabrisas. Él se puso detrás del volante. El disfraz de castor desprendía un olor almizcleño que le recordaba al olor del vestuario del instituto. Abrió un par de centímetros la ventanilla antes de dar marcha atrás e incorporarse de nuevo en la carretera.
– ¿Adónde nos dirigimos?
– Siga hacia delante unos dos kilómetros. Luego gire a la derecha hacia la Iglesia Bíblica del Espíritu y la Vida.
Ella sudaba como un linebacker bajo todo ese pelaje maloliente y él puso el aire acondicionado a tope.
– ¿Es fácil encontrar trabajo como castor?
La mirada burlona que ella le dirigió le indicó claramente que sabía que se estaba divirtiendo a su costa.
