– Tengo hambre. -Él volvió a adoptar su rol ocultando esa faceta que no quería que ella viera-. Espero que no te importe ir a un autoservicio. Así no tendré que contratar a nadie para que me vigile el coche.

– ¿Tienes que contratar a gente para que te vigile el coche?

– La llave de contacto está codificada, así que no lo pueden robar, pero llama mucho la atención, lo que lo convierte en el blanco perfecto de los gamberros.

– ¿No crees que la vida ya es demasiado complicada sin tener que contratar una niñera para el coche?

– Es duro llevar un estilo de vida elegante. -Pulsó un botón en el salpicadero y alguien llamado Missy le dio una lista de lugares donde comer en esa zona.

– ¿Cómo te ha llamado? -preguntó Blue cuando terminó de hablar.

– Boo. Es el diminutivo de Malibú. Crecí en el sur de California, y pasé mucho tiempo en la playa. Mis amigos me pusieron ese mote.

Boo era uno de esos apodos del fútbol americano. Eso también explicaba por qué los de People lo habían fotografiado caminando descalzo por la playa. Blue señaló con el pulgar el altavoz del coche.

– Tienes a todas esas mujeres a tus pies, ¿no te remuerde la conciencia al engañarlas?

– Intento compensarlo siendo un buen amigo.

Él no cedía. Ella giró la cabeza y fingió contemplar el paisaje. Aunque aún no le había dicho que se bajara del coche, tarde o temprano lo haría. A menos que consiguiera que le interesara tenerla a su lado.


Dean pagó la comida rápida con un par de billetes de veinte dólares y le dijo al chico de la ventanilla que se quedara con el cambio. Blue contuvo las ganas de saltar y quitarle el dinero. Había trabajado en sitios como ése bastantes veces, y las propinas eran bienvenidas, pero ésa era demasiado.



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