
Unos kilómetros más adelante encontraron un merendero al lado de la carretera, con varias mesas dispuestas bajo la sombra de los álamos. El aire se había vuelto frío y ella cogió una sudadera de la bolsa mientras Dean se encargaba de sacar la comida. Blue no había comido desde la noche anterior y el olor de las patatas fritas le hizo la boca agua.
– Aquí tienes el perrito caliente -le dijo él cuando se acercó.
Había pedido lo más barato del menú, así que supuso que con dos dólares y treinta y cinco centavos debería llegar.
– Esto debería cubrir mi parte.
Él observó con manifiesta aversión el montón de monedas.
– Invito yo.
– Siempre pago mi parte -insistió ella con terquedad.
– No esta vez -le devolvió el dinero-. Sin embargo, puedes hacerme un retrato.
– Mis bocetos valen mucho más que dos dólares con treinta y cinco centavos.
– No te olvides que la gasolina va a medias.
Quizá no era un mal trato después de todo. Mientras los coches volaban por la carretera, ella saboreó otro mordisco del grasiento perrito. Él dejó a un lado su hamburguesa y sacó una BlackBerry. Miró frunciendo el ceño a la pequeña pantalla mientras comprobaba su correo electrónico.
– ¿Algún antiguo novio te está dando la lata? -preguntó ella.
Por un momento se la quedó mirando con una expresión vaga, luego negó con la cabeza.
– Es el ama de llaves de mi casa de Tennessee. Me tiene al corriente de todo a través de correos electrónicos, no importa las veces que la llame, sólo consigo comunicarme con ella por e-mails. Llevamos así dos meses, y aún no he hablado con ella en persona. Es muy raro.
Blue no podía ni imaginarse lo que sería ser dueña de una casa, y mucho menos tener contratada a un ama de llaves.
