
– De acuerdo. Mi peluquero odia que me retrase, y tengo que ponerme reflejos. Dales besos a tus pequeños diablillos. Y dile a tu esposa que la invito a lo que sea cuando regrese. Sólo Annabelle y yo. -Con una risita satisfecha, cerró el teléfono y se lo metió en el bolsillo-. Era mi agente.
– Me encantaría tener un agente -dijo Blue-. Así podría hablar de mí por ahí. Pero supongo que no soy el tipo de persona que interesaría a un agente.
– Seguro que tienes otras cualidades.
– Cientos -dijo ella sombríamente.
Dean tomó la interestatal tan pronto como se incorporaron a la carretera. Blue se percató de que se estaba mordiendo la uña del pulgar y con rapidez dejó las manos en el regazo. Él conducía muy rápido, pero mantenía la mano firme sobre el volante, tal como a ella le gustaba conducir.
– ¿Dónde quieres que te deje? -preguntó él.
Ahí estaba la pregunta que había estado temiendo todo el rato. Fingió considerar la idea.
– Por desgracia no hay ciudades demasiado grandes entre Denver y Kansas City. Supongo que Kansas City servirá.
Dean le dirigió una de esas miradas de «¿a quién crees que estás engañando?».
– Estaba pensando en la próxima gasolinera.
Ella tragó saliva.
– Pero eres el tipo de persona que disfruta con la compañía, y te aburrirás si viajas solo. Yo puedo entretenerte.
Los ojos de Dean bajaron a sus pechos. ¿ A qué clase de entretenimiento te refieres exactamente? -Juegos para viajes -dijo ella con rapidez-. Conozco un montón, -Él bufó, y ella siguió hablando muy deprisa-. Además soy una gran conversadora, y puedo librarte de los admiradores. Evitaré que todas esas mujeres pierdan el tiempo lanzándose sobre ti.
Sus ojos grises azulados destellaron, pero ella no supo si fue por irritación o por diversión.
– Me lo pensaré -dijo él.
Para sorpresa de Dean, Castora continuaba en el coche cuando esa noche abandonó la interestatal en algún lugar al oeste de Kansas para seguir las indicaciones de un cartel que llevaba al hostal Los Buenos Tiempos.
