Llovía durante la mayor parte del día, pero no llovía agua: el polvo se iba posando. Cuando caía seco parecía nieve de color gris parduzco que formaba montones obscenos en las casas, en los árboles y sobre los pequeños animales; los de Nuevo Méjico echaron a perder su último helicóptero, pero aprendieron cómo afecta el polvo de roca a las turbinas. Si caía mojado, era peor: un fluido negro que en lugar de amontonarse, formaba lodo. Resultaba un pequeño consuelo saber que las bombas eran «limpias» y que aquel polvo no era más que un «producto natural».

Los robots de Korolev reconstruyeron rápidamente el monorraíl. Wil y los hermanos Dasgupta hicieron una excursión hasta el mar.

Las dunas habían desaparecido debido a las grandes olas tsunamis del día del rescate que se las llevaron tierra adentro. Los árboles que había al sur de donde antes estaban las dunas habían caído al suelo orientados en sentido opuesto al mar. No quedaba nada verde: todo estaba cubierto de ceniza. Incluso el mar tenía una capa de espuma sucia. Milagrosamente, algunos monos pescadores habían sobrevivido. Wil vio algunos pequeños grupos de ellos en la playa, estaban limpiándose unos a otros la ceniza que les cubría la piel. Pasaban la mayor parte del tiempo en el agua, que todavía se mantenía caliente.

El rescate propiamente dicho había resultado un éxito indiscutible. La burbuja de los Pacistas estaba ahora en la superficie. Tres días después de la detonación, un aparato volador de Korolev visitó el lugar de los hechos. Las fotografías que transmitió eran impactantes. Vientos con fuerza de galerna, todavía cargados de cenizas, soplaban a través de la costra gris de la tierra.



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