La visión que había delante suyo iba vestida de un blanco reluciente. Su plataforma volante estaba suspendida exactamente encima del gran montón de ceniza que los de técnica inferior habían empujado hasta la calle. Era una de las hijas de los Robinson. ¿Tammy? En cualquier caso parecía una imagen de la moda del siglo veinte: rubia, tostada por el sol, diecisiete años, amistosa.

Dilip Dasgupta le devolvió su sonrisa.

—Claro que queremos ir, pero ¿tiene que ser esta noche? Si no sacamos esta ceniza de las casas antes de que las Korolevs emburbujen, no acabaremos nunca.

A Wil le dolían mucho la espalda y los brazos, pero estuvo de acuerdo. Llevaban dos días trabajando en lo mismo, desde que las Korolevs habían anunciado la partida para aquella noche. Si lograban sacar de las casas toda la ceniza antes de emburbujarse, cuando regresaran ya habría sido arrastrada por las lluvias de mil años. Todos los de la calle se habían puesto manos a la obra, aunque hubo muchas protestas dirigidas especialmente a las Korolevs. Los de Nuevo Méjico hasta habían aportado algunos voluntarios con palas y carretillas. Wil reflexionaba sobre esto y no podía creer que alguien como Fraley estuviera embargado por un espíritu de cooperación. No se podía tratar más que de unas honestas ganas de ayudar por parte de algunos oficiales de baja graduación. O bien se trataba de un sutil esfuerzo para atraer a los tecno-min al campo de los de NM y conseguir unos futuros aliados contra las Korolevs y los Pacistas.

La chica Robinson se inclinó sobre su plataforma y se aproximó más a Dasgupta. Miró arriba y abajo de la calle, y después habló con aire confidencial.

—A mis padres les gustan mucho Yelén y Marta, de verdad. Pero papá cree que en algunas cosas van demasiado lejos. Vosotros, los Pájaros Madrugadores, vais a poneros a nuestro nivel técnico en unas pocas décadas. Entonces, ¿por qué tenéis que estar esclavizados así? Se mordió una uña.



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