
La zona pública de la finca de los Robinson era más agradable que la de las Korolevs. Lámparas incandescentes colgaban de unos postes de roble. La pista de baile, de madera de teca, comunicaba con una habitación bar, una terraza exterior y un teatro oscurecido, donde posteriormente se pasarían algunas extraordinarias películas familiares de los anfitriones.
Todavía iban llegando algunos invitados, y los pequeños Robinson corrían ruidosamente por la pista de baile, protegiéndose detrás de los huéspedes en un improvisado juego de escondite. Se les toleraba; no, aquello era mucho más que simple tolerancia: eran los únicos niños que había en el mundo.
En cierto sentido, casi todos los presentes eran exiliados. Algunos habían sido secuestrados, algunos habían llegado allí para escapar de algún castigo (merecido o no), algunos (como los Dasguptas) pensaban que se harían ricos si durante un par de siglos se ausentaban del tiempo mientras sus inversiones se multiplicaban. En total, sus saltos temporales iniciales habían sido cortos: habían viajado a los siglos veinticuatro, veinticinco y veintiséis.
Pero en alguna parte del siglo veintitrés, el resto de la humanidad había desaparecido. Los viajeros que se habían trasladado hasta algo después de la Extinción, sólo habían encontrado ruinas. Los más frívolos y los criminales más presurosos no llevaban nada consigo. Éstos murieron, o vivieron unos miserables años en el mausoleo en pleno deterioro que era la Tierra. Los que estaban mejor equipados (los de Nuevo Méjico, por ejemplo), tenían suficientes medios para volver al estasis. Se burbujearon hacia el futuro a través del tercer milenio, rezando por encontrar revivida la civilización. Todo lo que encontraron fue un mundo que se iba sumergiendo en la naturaleza. Los trabajos del Hombre desaparecían bajo el avance de la jungla, de los bosques y de los mares.
