Pero incluso estos viajeros sólo lograron sobrevivir unos pocos años de tiempo real. No disponían de ayuda médica, ni tenían forma alguna de conservar sus máquinas, o producir comida. Sus equipamientos habían de fallarles en breve, dejándoles perdidos en la selva.

Sólo unos pocos, muy pocos, habían partido a finales del siglo veintidós, cuando la tecnología proporcionaba a cada individuo riquezas superiores a las que podía tener toda una nación durante el siglo veinte. Estos pocos pudieron conservar y reproducir sus avanzadas herramientas. Muchos abandonaron la civilización con un deliberado espíritu de aventura. Tenían los medios de salvar a los menos afortunados repartidos por los siglos, los milenios, y finalmente los megaaños que iban transcurriendo.

A excepción de los Robinson, nadie tenía hijos. Esto era algo reservado para el futuro, cuando los fantasmas de la humanidad hicieran un último intento para exigir la persistencia de la raza. Y por este motivo, los niños que jugaban entusiasmados al escondite en la pista de baile constituían una maravilla superior a cualquier magia de la tecnología elevada. Cuando las hijas de los Robinson prepararon a sus hermanos menores para acostarlos, hubo unos momentos de amargo y extraño silencio.

Wil paseaba por la habitación bar, deteniéndose aquí y allí para hablar con sus nuevos conocidos. Había decidido llegar a conocer a todo el mundo. Era toda una aspiración: si lo lograba, conocería a todos los individuos de la raza humana. El grupo más extenso, y que para Wil era el más difícil de conocer, era el de los Nuevos Mejicanos. A Fraley no se le veía por ninguna parte, pero la mayoría de los suyos andaban por allí. Vio a los cabos que habían ayudado en los trabajos de pala, y éstos le presentaron a algunos más. Todo transcurría en un ambiente amistoso hasta que un oficial de NM se añadió al grupo.

Wil buscó una excusa y se dirigió lentamente hacia la pista de baile. La mayor parte de los viajeros avanzados estaban en la fiesta y eran sociables. Un nutrido grupo rodeaba a Juan Chanson. El arqueólogo estaba discutiendo su teoría de la Extinción:



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