
Marta no había estado atenta, o bien había decidido ignorar la discusión entre Yelén y Fraley, cosa más verosímil.
—De acuerdo, empecemos pues.
Un sentimiento de expectación recorrió toda la audiencia. Muchos eran del siglo veintiuno, como Wil, pero habían conocido a suficientes viajeros avanzados como para saber que estas palabras eran un índice de los extraordinarios sucesos que iban a desarrollarse.
Gracias a su posición en lo alto del anfiteatro, Wil tenía una buena visibilidad hacia el Norte. Los bosques de los puntos más altos descendían hasta difuminarse en el color verde grisáceo de la jungla ecuatorial. Más allá de este terreno, la neblina impedía la visión del Mar Interior. Incluso en los pocos días claros, cuando la niebla se levantaba, los Alpes Kampucheanos quedaban escondidos detrás del horizonte. Sin embargo, el rescate sería visible; estaba sorprendido de que el blanco azulado del horizonte norte estuviera como siempre.
—Esto va a ser mucho más excitante, os lo prometo —la voz de Yelén hizo que su atención se centrara de nuevo en el escenario.
Dos grandes pantallas flotaban detrás de ella desentonando con el templo adornado con musgo y oro que cubría la tierra que estaba detrás del escenario. El Castillo Korolev era un ejemplo típico de la vistosidad de las residencias avanzadas. La fundamental obra de sillería y escultura —para la que se había tomado vagamente como modelo la de Angkor Wat— se había realizado medio milenio antes, y fue luego abandonada para que las lluvias que descendían de las montañas la erosionaran, el musgo la recubrió y los árboles penetraron en ella. Más tarde, los robots albañiles escondieron entre las «ruinas» toda la sutil maquinaria de la tecnología de finales del siglo veintidós. Wil sentía un gran respeto por aquella tecnología. En aquel lugar no podía pasar una mosca sin ser advertida. Los propietarios estaban tan a salvo de una silenciosa cuchillada corno del ataque de misiles.
