
La luz del sol destelló como un misil en su ventanilla izquierda, ahogando con su resplandor el tenue brillo de su diminuto panel de instrumentos. El ordenador del casco trinó suavemente mientras él se retorcía, boca abajo, para golpear de nuevo las brillantes aguas.
Jacob dejó escapar una carcajada de júbilo cuando un banco de pequeñas anchoas plateadas se dispersó ante él.
Sus manos se deslizaron por los controles hasta los mandos de los cohetes, y en la cima de su nuevo arco silbó un código en ternario. Los motores zumbaron, y el exoesqueleto extendió aletas a lo largo de sus costados. Entonces intervinieron los propulsores con un salvaje estallido, lanzando la cabeza acolchada hacia arriba con la súbita aceleración, pinchando la base de su cráneo mientras las olas quedaban atrás, justo bajo su veloz nave.
Llegó junto a Makakai levantando una gran salpicadura. Ella silbó una aguda bienvenida en ternario. Jacob dejó que los cohetes se desconectaran de modo automático y reemprendió el avance puramente mecánico junto a la delfín.
Durante algún tiempo se movieron al unísono. Con cada salto Makakai se volvía más atrevida, ejecutando torsiones y piruetas durante los largos segundos que transcurrían antes de que golpearan el agua. Una vez, en el aire, dejó escapar un poemita obsceno en su lengua, un chascarrillo sin importancia, pero Jacob esperó que lo hubieran grabado en el barco perseguidor. No se había enterado del chiste final con el estrépito de la caída.
El resto del equipo de entrenamiento los seguía en el hovercraft. Durante cada salto, Jacob veía el gran barco, empequeñecido ahora por la distancia, hasta que su impacto lo anulaba todo menos los sonidos del agua al salpicar, los chirridos del sonar de Makakai y el fosforescente color azul gris ante sus ventanillas.
