El cronómetro de Jacob indicó que habían pasado diez minutos. No podría seguir el ritmo de Makakai durante más de media hora, cualquiera que fuese la ampliación que usara. Los músculos y el sistema nervioso del hombre no estaban diseñados para esta rutina de saltar e impactar contra el agua.

—Makakai, es hora de que pruebes con los cohetes. Dime si estás lista y los usaremos en el siguiente salto.

Los dos se hundieron en el mar y Jacob hizo maniobrar sus aletas en el agua espumosa para prepararse para la siguiente ronda. Volvieron a saltar.

—Makakai, ahora hablo en serio. ¿Estás lista?

Estaban muy alto. Jacob pudo ver el diminuto ojo de la delfín tras la ventanilla de plástico cuando su máquina-ballena se retorció antes de hundirse en el agua. La siguió un momento después.

—Muy bien, Makakai. Si no me respondes, tendremos que dejarlo ahora mismo.

El agua azul formó una nube de burbujas cuando Jacob se colocó junto a su pupila.

Makakai se retorció y se hundió en vez de prepararse para dar otro salto. Dijo algo en ternario, demasiado rápido para poder seguirlo, algo referido a que Jacob no debería ser tan aguafiestas.

Jacob dejó que su máquina subiera lentamente a la superficie.

—Vamos, querida, usa el inglés. Lo necesitarás si quieres que tus hijos salgan alguna vez al espacio. ¡Y además es tan expresivo! Vamos. Dile a Jacob lo que piensas de él.

Hubo algunos segundos de silencio. Entonces el hombre vio algo que se movía rápidamente por debajo. Se abalanzaba hacia arriba, y justo antes de golpear la superficie, oyó la aguda puya de la voz de Makakai.

—¡Ssí-gueme, zoquete! ¡Yo vueee-lo!

Sus aletas mecánicas chasquearon con la última palabra, y Makakai saltó del agua dejando detrás una columna de llamas.



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