
Jacob se echó a reír, se zambulló para ganar impulso y luego se lanzó al aire tras su pupila.
Gloria le tendió los datos en cuanto terminó su segunda taza de café. Jacob intentó que sus ojos se concentraran en las líneas irregulares, pero éstas se agitaban de un lado a otro como si fueran olas. Devolvió los datos.
—Los miraré más tarde. ¿Puedes hacerme un resumen? Me tomaría uno de esos bocadillos, si me dejas lavarme.
Ella le lanzó uno de atún con pan de centeno y se sentó en la borda, agarrándose a los lados para compensar el bamboleo del barco. Como de costumbre, apenas llevaba puesto nada. A la joven bióloga, hermosa, con un bonito cuerpo y pelo largo y negro, le sentaba muy bien no llevar apenas nada.
—Creo que tenemos toda la información de ondas cerebrales que nos hacía falta, Jacob. No sé cómo lo lograste, pero la atención de Makakai en inglés fue al menos el doble de lo normal. Manfred cree que ha encontrado suficientes conjuntos sinápticos asociados para hacer grandes avances en su siguiente grupo de mutaciones experimentales. Hay un par de nódulos que quiere expandir en el lóbulo cerebral izquierdo de los hijos de Makakai.
»Mi grupo está satisfecho con lo que tenemos de momento. La facilidad de Makakai con la ballena demuestra que la generación actual puede manejar máquinas.
Jacob suspiró.
—Si esperas que estos resultados persuadan a la Confederación para que cancele la próxima generación de mutaciones, no cuentes con ello. Están asustados. No quieren tener que depender siempre de la poesía y de la música para demostrar que los delfines son inteligentes. Quieren una raza de manipuladores de herramientas analíticos, y dar palabras en clave para activar los cohetes de una ballena mecánica no les servirá. Veinte a uno a que Manfred tendrá que cortar.
Gloria se puso roja.
—¡Cortar! Son personas, un pueblo con un sueño maravilloso. ¡Los convertiremos en ingenieros y perderemos una raza de poetas!
