
Jacob dejó el bocadillo y se limpió las migajas del pecho. Lamentaba haber abierto la boca.
—Lo sé, lo sé. También a mí me gustaría que las cosas fueran un poco más despacio. Pero míralo de esta forma. Tal vez los fins podrán expresar algún día con palabras al Sueño-Ballena. No necesitaremos el ternario para discutir del tiempo, ni nuestro argot para hablar de filosofía. Los delfines podrán unirse a los chimpancés y volverán sus narices metafóricas a los galácticos mientras nosotros nos hacemos pasar por adultos dignos.
—Pero…
Jacob alzó la mano para interrumpirla.
—¿Podemos discutirlo más tarde? Me gustaría acostarme un rato, y luego bajar y visitar a nuestra chica.
Gloria frunció un momento el ceño, pero luego sonrió abiertamente.
—Lo siento, Jacob. Debes de estar muy cansado. Pero al menos hoy, por fin, todo ha funcionado.
Jacob se permitió devolverle la sonrisa. Su ancho rostro se llenó de arrugas en torno a la boca y los ojos.
—Sí —dijo, y se puso en pie—. Hoy todo ha salido bien.
—Ah, por cierto, mientras estabas abajo, hubo una llamada para ti. ¡Era un eté! Johnny se puso tan nervioso que apenas se acordó de anotar el mensaje. Creo que está por alguna parte.
Gloria retiró los platos y encontró un trozo de papel. Se lo tendió.
Jacob frunció las pobladas cejas cuando miró el mensaje. Tenía la piel tensa y oscura, mezcla de antepasados y exposición al sol y al agua salada. Los ojos marrones tendían a estrecharse para convertirse en dos finas ranuras cuando se concentraba. Se llevó una mano callosa a su ganchuda nariz amerindia y trató de descifrar la letra del operador de radio.
—Supongo que todos sabíamos que trabajabas con etés —dijo Gloria—. ¡Pero desde luego no esperábamos que uno nos llamara aquí! ¡Especialmente uno que parece un brote gigante de brécol y que habla como si fuera ministro de protocolo!
