
Jacob alzó la cabeza.
—¿Ha llamado un kantén? ¿Aquí? ¿Dijo su nombre?
—Debería estar por ahí. ¿Eso es lo que era? ¿Un kantén? Me temo que no entiendo mucho de alienígenas. Podría reconocer a un cintiano o un timbrimi, pero éste era nuevo para mí.
—Mm… voy a tener que llamar a alguien. ¡Fregaré los platos más tarde, no los toques! Dile a Manfred y a Wilfred que bajaré dentro de un rato a visitar a Makakai. Y gracias de nuevo. —Sonrió y la tocó suavemente en el hombro, pero al volverse, su expresión se tornó preocupada.
Atravesó la escotilla delantera, con el mensaje en la mano. Gloria se lo quedó mirando durante un instante. Recogió las cartas de datos y le hubiera gustado saber qué haría falta para retener la atención de aquel hombre durante más de una hora, o de una noche.
El camarote de Jacob apenas era un armarito con un estrecho jergón plegable, pero ofrecía intimidad suficiente. Sacó su tele portátil de un pequeño mueble situado junto a la puerta y la depositó sobre la cama.
Lo lógico era que Fagin hubiera llamado simplemente para ser sociable. Después de todo, le interesaba mucho el trabajo con los delfines.
Sin embargo, en algunas ocasiones, los mensajes de los alienígenas sólo habían traído problemas. Jacob pensó en no devolver la llamada del kantén.
Tras un momento de vacilación, pulsó una clave en la tele y se tranquilizó. Cuando llegaba el momento, no podía resistir la oportunidad de charlar con un E.T., en cualquier sitio, a cualquier hora.
Una línea de binario destelló en la pantalla, dando la localización de la unidad portátil a la que llamaba. La Reserva E.T. de La Baja. Tiene sentido, pensó Jacob. Ahí es donde está la Biblioteca. Apareció la advertencia de costumbre prohibiendo a los condicionales establecer contactos con alienígenas. Jacob apartó la mirada con disgusto. Brillantes puntos de estática llenaron el espacio sobre las sábanas y delante de la pantalla, y entonces apareció Fagin, en réplica, a unos pocos centímetros de distancia.
