El E.T. parecía exactamente un brote gigante de brécol. Tallos redondos azules y verdes formaban esferas simétricas alrededor de un tronco retorcido y estriado. Aquí y allá diminutos copos cristalinos moteaban algunas ramas, formando un amasijo cerca de la cima en torno a una boca invisible.

El follaje se movió, y los cristales se agitaron ante el paso del aire exhalado por la criatura.

—Hola, Jacob. —La voz de Fagin sonó metálica en medio de la habitación—. Te saludo con alegría y gratitud, y con la austera carencia de formalidad en la que con tanta frecuencia y vehemencia insistes.

Jacob reprimió una carcajada. Fagin le recordaba a un antiguo mandarín, tanto por el tono cantarín de su acento como por el retorcido protocolo que usaba incluso con sus amigos humanos más íntimos.

—Te saludo, Amigo-Fagin, y te deseo lo mejor con todo respeto. Y ahora que hemos acabado con eso, y antes de que digas una sola palabra, la respuesta es no.

Los cristales tintinearon suavemente.

—Jacob! ¡Eres tan joven y sin embargo tan perspicaz! ¡Admiro tu sabiduría y tu habilidad para adivinar el propósito de mi llamada!

Jacob sacudió la cabeza.

—Nada de adulaciones ni de velado sarcasmo, Fagin. Insisto en hablar contigo en inglés coloquial porque es la única forma que tengo de evitar que acabe hecho un lío cada vez que trato contigo. ¡Y sabes muy bien de lo que estoy hablando!

El alienígena se estremeció, ofreciendo una parodia de un encogimiento de hombros.

—Ah, Jacob, debo inclinarme ante tu voluntad y utilizar la altamente estimada honestidad de la que tu especie debería estar orgullosa. Es cierto que hay un pequeño favor que tengo la temeridad de pedir. Pero ahora que me has dado tu respuesta —basada sin duda en ciertas circunstancias pasadas y desagradables, la mayoría de las cuales sin embargo resultaron para bien— simplemente olvidaré el tema.



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