
Mallory sintió un escalofrío helado subirle por la espalda, congelando la sonrisa evasiva que exhibía en la cara.
– Pídele que venga un momento -dijo Decker.
¿Podría haber más de un Compton en Rendell & Renfro?
La voz de Decker pareció reverberar por la bruma que había en su mente.
– Como iba diciendo, el caso lo va a llevar Carter Compton. Tengo entendido que es un poco canalla -emitió una risita indulgente-. Va a Nueva York a machacar a los testigos de los demandantes. Consideramos que era una buena idea tener una mujer en su equipo, y desde luego tú eres la elección idónea. Ah, aquí está.
A pesar de sus esfuerzos, Mallory no estaba preparada para que Carter Compton entrara por esa puerta. El corazón le martilleó. La boca se le resecó. Necesitó toda su energía para ponerse de pie.
– ¡Mallory! Es estupendo saber que vamos a trabajar juntos -con un destello de dientes blancos, Carter avanzó y en vez de estrecharle la mano, enlazó los dedos con los de ella.
La intimidad del contacto le provocó una descarga de electricidad por todo el cuerpo. Era un hombre con presencia, un hombre poderoso, alto y musculoso, y la mano era grande y cálida, con dedos largos y anchos. La invadieron recuerdos de su legendaria fama de donjuán. Habían ido juntos a la facultad de Derecho, habían estudiado juntos, trabajado juntos en la revista de Derecho. De hecho…
Ese recuerdo que llevaba años bloqueando se precipitó a la primera fila de su mente. Antes de los exámenes del segundo semestre, Carter y ella habían pasado una noche juntos estudiando en el apartamento de él… y no le había hecho ninguna insinuación.
– ¿Dónde has estado todo este tiempo? -preguntó él-. Nunca te veo.
La miró desconcertado y ella se preguntó cuánto tiempo llevaba mirándolo, boquiabierta y con los ojos desorbitados.
– He estado aquí -repuso, recuperando la mano-. Ocupada.
