
En el pasado, el pelo oscuro de él había estado largo y rebelde. Durante los últimos años, cuando lo había visto de lejos en las fiestas de trabajo, para escapar de inmediato al rincón opuesto de la sala, había notado que lo llevaba corto. Cada año vestía de manera más elegante. En ese momento, llevaba un traje gris marengo con rayas finas y una impecable camisa blanca. Una corbata negra y un pañuelo blanco almidonado en el bolsillo de la pechera completaban el aspecto refinado. Había progresado mucho de los vaqueros y las cazadoras que había lucido en sus tiempos de estudiante.
Qué sexy había estado con aquellos vaqueros ceñidos. Sintió que un peso ardiente descendía hasta su centro a medida que la imagen se cristalizaba en su mente.
Lo que no había cambiado en absoluto era el índigo brillante de sus ojos, con el borde de pestañas largas y densas. Con esos ojos centrados en ella, reconoció las otras cosas que no habían cambiado. Aún lo deseaba, con toda la sofisticación de una colegiala sumida en su primer enamoramiento.
Al darse cuenta de que volvía a mirarlo con fijeza, el calor ascendió a su cara.
– Y supongo que voy a estar más ocupada -deseó que su voz sonara ecuánime v firme-. Pero aún no estoy segura de que sea un hecho consumado que vayamos a trabajar juntos.
Bill rió.
– Lo es en lo que a mí se refiere. Sentaos, los dos. Trazaremos los planes ahora mismo.
Mallory se dejó caer sobre su silla.
– Me halaga que se me pregunte, desde luego -le dijo a Bill-. He dedicado bastante tiempo al caso. ¿Has dicho que vamos a tomar las declaraciones en Nueva York?
Si iba a trabajar codo a codo con Carter, ¿cómo iba a lograr mantener las manos alejadas de él? ¿Cómo iba a poder trabajar en un estado de continua excitación?
– Sí.
Mantendría el control. Tenía que hacerlo.
Resultaría demasiado humillante hacerle insinuaciones y ser rechazada, y mucho más humillante que ni siquiera se diera cuenta de que se insinuaba.
