– ¿Cuándo nos vamos? -necesitaba un poco de tiempo para controlar la situación.

– Mañana -indicó Bill.

– Oh, mañana -con enorme alivio, vio una salida-. Pues yo no puedo.

– ¿Por qué no? -Decker frunció el ceño.

– Acabo de regresar, puedes imaginarte cómo tengo la mesa después de unos días fuera del despacho -miró a Carter, quien al fin se había sentado, reduciendo el impacto físico.

– Hilda puede encargarse de tus papeles. Solucionado.

– Hilda no puede ocuparse del caso de la patente Thornton -aseveró, aferrándose con desesperación a su última tabla de salvación-. Redactar ese sumario es la máxima prioridad que tengo. No querrás que deje en la estacada al departamento de Desarrollo de Productos -miró otra vez a Carter.

Tenía una ceja enarcada.

– Patentes -Decker descartó el tema con un gesto de la mano-. Cassie puede escribir ese sumario.

Carter asintió.

Mallory consideraba a Cassie como una de sus mejores amigas, pero era altamente competitiva. Podía imaginar lo contenta que se iba a poner cuando se enterara de que le habían dado uno de los restos de su trabajo.

– Eso no sería justo para ella. Dije que yo…

– Mallory -la voz de Decker adoptó un nuevo nivel de autoridad.

– ¿Sí, señor? -tragó saliva.

– Te necesito en Nueva York. ¿Estás diciendo que no vas a ir?

– No, señor. No es eso lo que digo -no pudo evitarlo. Su temprano entrenamiento le había enseñado a diferenciar a los generales de los soldados rasos.

– Bien -dijo-. Entonces, arreglado.

– ¿Dónde vives? -preguntó Carter. Era lo último que había esperado.

– Ah. Yo, mmm, vivo, ah… -sin duda sería capaz de recordar su dirección. Al final pudo darla.

– Pensaba que podríamos ir juntos al aeropuerto, pero me desvío mucho de tu dirección. ¿Te parece bien que quedemos en la puerta de embarque? Mi secretaria ha hecho las reservas. Tu ayudante puede llamarla y apuntar los detalles.



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