
– Puerta de embarque -Mallory tartamudeó, asintiendo.
Un adiós rápido a Bill, una sonrisa a ella y desapareció. Mallory se reclinó en el sillón. Bill exhibía una expresión satisfecha. -Sabía que tú eras la persona adecuada para el trabajo.
– ¿Por qué? -suspiró.
Le sonrió con expresión radiante.
– Eres inmune a los encantos masculinos de Carter Compton. Puedo confiar en ti. En cualquier parte. Con cualquiera -adelantó el torso y su rostro rebosó sinceridad-. Puedo leer a una persona como si fuera un libro, y acabo de verlo, mientras charlabas con Compton. Tus colegas te consideran una abogada, no una mujer.
– Un gran cumplido -musitó con labios fríos-. Gracias otra vez, Bill -se puso de pie-. Estaré preparada para salir mañana.
De camino a su despacho, pensó: «Bill también lo vio. Carter no me ve como una mujer». Encendida de pronto por la frustración, aceleró el paso y abrió la puerta que daba a su despacho, donde encontró a Hilda, Cassie y Ned esperando.
– ¿Qué ha pasado? -preguntaron al unísono.
– ¿Te ha despedido? -añadió Ned, con una expresión adecuadamente lúgubre.
– ¿Has averiguado qué hace aquí? -todos sabían a quién se refería Cassie.
– ¿Debería pedir cajas para desalojar tu despacho? -inquirió Hilda con voz ansiosa.
Aún aturdida, miró a uno y a otro.
– No, Hilda, deberías llamar a la secretaria de Carter Compton para conseguirme un billete de avión -oyó el jadeó de Cassie, pero continuó-: Va a encargarse del caso Verde. Bill me ha mandado ir a Nueva York con él a interrogar a los testigos del demandante.
En el silencio atronador, los ojos de Cassie se abrieron mucho mientras la boca se cerraba en una línea fina.
– ¡Te odio! -gritó-. Me moría, moría, por ese caso -entró en su despacho, del que de inmediato llegaron los sonidos de objetos que golpeaban la pared.
– Llévate preservativos suficientes para un par de días -sugirió Ned, que desvió la mirada de la puerta de Cassie para clavarla en la cara de Mallory-. Carter es el donjuán del siglo xxi, una leyenda. ¿Sigues tomando la píldora?
