
– El folleto de su empresa dice «Creamos la Navidad perfecta». Eso es todo lo que él quiere, unas navidades perfectas.
– ¿Quién?
– El niño. Su nombre es Eric Marrin. Todo está en el archivo, señorita Bennett. Y ahora, si me perdona, tengo que irme. Ese coche que está aparcado al otro lado de la plaza las llevará a su destino. Si tiene algún problema con el contrato, puede llamar al teléfono que aparece en el archivo y buscaremos a otra persona para que haga el trabajo.
– Pero…
– Señorita Bennett, señorita O'Malley, que pasen unas felices navidades.
Después de eso, se dio la vuelta y desapareció entre la multitud de gente que salía de los almacenes, dejando a Holly y Meg con la boca abierta.
– Guapísimo -murmuró Meg.
– Es un cliente -la regañó Holly.
– Sí, pero también es un hombre.
– Ya, bueno… tú sabes que estoy prometida.
Meg levantó los ojos al cielo.
– Rompiste con Stephan hace casi un año y no has vuelto a verlo. Ni siquiera te ha llamado. Eso no es un prometido.
– No hemos roto -replicó Holly, acercándose al coche que las esperaba al otro lado de la plaza-. Me dijo que me tomara el tiempo que quisiera para decidir. Y sí se ha puesto en contacto conmigo. El otro día me dejó un mensaje en el contestador. Me dijo que llamaría después de las navidades y que tenía algo muy importante que decirme.
– No estás enamorada de él, Holly. Es estirado, cursi y egoísta. Y no es nada apasionado.
– Pero podría amarlo -se defendió ella-. Y ahora que el negocio empieza a no perder tanto dinero, tendré cierta independencia…
Meg lanzó un gruñido.
– Mira, no quería decirte esto… especialmente antes de las navidades. Pero el mes pasado leí una cosa en el periódico…
– Si es otra historia sobre el mundo de la mafia…
