
– Stephan está comprometido -dijo su ayudante entonces-. Seguramente esa era la noticia importante que quería darte. Se ha comprometido con la hija de un millonario. Se casan en el mes de junio, en Hampton. No debería habértelo dicho así, pero tienes que olvidarte de Stephan. Se ha terminado, Holly.
– Pero si estamos prometidos -murmuró ella, atónita-. Por fin he tomado una decisión y…
– Y es absurdo. ¿Tú crees que uno puede tardar un año en decidir algo así? Es que no lo quieres. Algún día conocerás a un hombre que te volverá loca, pero ese hombre no era Stephan -dijo Meg entonces, dándole un golpecito en la espalda-. Así que vamos a concentrarnos en el trabajo, ¿eh? Acaban de ofrecernos quince mil dólares. Abre ese sobre y vamos a ver lo que tenemos que hacer.
Atónita, Holly abrió el sobre. En su corazón sabía que Meg estaba en lo cierto. No quería a Stephan, nunca lo había querido. Solo aceptó salir con él porque nadie más se lo había pedido.
Pero la noticia dolía de todas formas. Ser rechazada por un hombre… incluso un hombre al que no amaba, era humillante.
Nerviosa, respiró profundamente. Pasaría aquellas navidades sola, sin familia, sin prometido, con nada más que el trabajo para ocupar su tiempo. Sola.
Entonces sacó unos papeles del sobre. El primero era una carta, escrita aparentemente por un niño…
– Ay, Dios mío. Mira esto, Meg.
Su ayudante le quitó la carta y empezó a leer:
Querido Santa Claus:
Mi nombre es Eric Marrin y casi tengo ocho años y solo quiero pedir una cosa de regalo. Quiero pasar unas navidades tan bonitas como cuando mi mamá vivía con mi papá y conmigo. Ella hacía que las navidades fueran…
Meg dudó un momento.
– ¿Qué pone aquí, existenciales?
– Especiales -suspiró Holly.
Después miró el resto de los papeles. Era una larga lista de sugerencias para regalos, adornos, cenas y actividades navideñas, todo pagado por un benefactor anónimo.
