
– Tienes que aceptar el encargo, Holly. No podemos decepcionar a este niño. Eso es lo más importante de la Navidad -dijo Meg, mirando alrededor-. Los almacenes Dalton… El año pasado leí algo sobre esos almacenes en un periódico. El artículo decía que su Santa Claus hace realidad los sueños de los niños, pero nadie sabe de dónde sale el dinero. ¿Tú crees que ese hombre era…?
Holly volvió a guardar los papeles en el sobre.
– A mí me da igual de dónde salga el dinero. Tenemos un trabajo que hacer y vamos a hacerlo.
– ¿Y nuestros clientes de Nueva York?
– Tú volverás esta noche para encargarte de todo. Yo me quedaré aquí.
Su ayudante sonrió de oreja a oreja.
– La verdad, creo que es muy buena idea. Así no tendrás tiempo para sentirte sola, ni para pensar en el imbécil de Stephan. Tienes un presupuesto casi ilimitado para organizar unas navidades perfectas… Es como si te hubiese tocado la lotería.
Quizá era aquello lo que necesitaba para redescubrir el espíritu de la Navidad, pensó Holly. En Nueva York simplemente habría mirado caer la nieve desde su ventana. Pero allí, en Schuyler Falls, se sentía transportada a otro mundo, donde el mercantilismo de las fiestas no parecía haber llegado todavía.
La gente sonreía mientras caminaba por la calle y los villancicos de las tiendas se mezclaban con los cascabeles del coche de caballos que daba vueltas a la plaza.
– Es perfecto -murmuró. Pasar las navidades en Schuyler Falls era mucho mejor que celebrarlas enterrada en libros de cuentas-. Feliz Navidad, Meg.
– Feliz Navidad, Holly.
El antiguo Rolls Royce se apartó de la carretera general cuando Holly terminaba de leer el contrato.
El viaje desde el centro de Schuyler Falls había sido incluso más pintoresco que el viaje desde Nueva York, si eso era posible. Aquel sitio era una especie de enorme zona residencial para neoyorquinos ricos que querían disfrutar de las aguas termales del cercano Saratoga, con mansiones construidas a mediados de siglo.
