
El río Hudson corría paralelo a la carretera, el mismo río que veía desde su apartamento en Manhattan. Pero allí era diferente, más limpio, añadiendo un toque de magia al ambiente.
Su conductor, George, le contó la historia del pueblo, pero se negaba a revelar la identidad de quien lo había contratado. Sin embargo, le contó que su lugar de destino, la granja Stony Creek, era uno de los pocos criaderos de caballos que quedaban en la localidad. Y que sus propietarios, la familia Marrin, llevaban más de un siglo residiendo en Schuyler Falls.
Holly miró por la ventanilla y vio dos enormes establos rodeados por una valla blanca. La casa no parecía tan espectacular como otras que había decorado, pero era grande y acogedora, con un amplio porche y persianas verdes de madera.
– Ya hemos llegado, señorita -dijo George-. La granja Stony Creek. Esperaré aquí, si le parece.
Holly asintió. Pero, una vez allí, no sabía muy bien cómo iba a explicar el asunto.
Su contrato prohibía expresamente mencionar quién la había contratado o quién pagaba las facturas… aunque tampoco ella lo sabía. Y a los Marrin les parecería una intrusa, quizá una loca.
Pero Eric Marrin y su padre no tendrían más remedio que invitarla a entrar. O eso esperaba.
Cuando salió del Rolls Royce comprobó que la casa no tenía adornos ni árbol de Navidad, nada. Pero… ¿cómo iba a presentarse?
– Hola, estoy aquí para hacer tu sueño realidad -murmuró-. Me llamo Holly Bennett y me envía Santa Claus.
Podía decir que la enviaba el anciano de barba blanca. Al menos, eso decía el contrato.
– Esto es una locura. Me echarán de aquí a patadas.
Pero la posibilidad de acabar el año con beneficios era demasiado irresistible. Quizá incluso podría darle una paga extra a Meg.
