
Armándose de valor, Holly llamó al timbre. Oyó el ladrido de un perro y, unos segundos después, un niño de pelo rubio y ojos castaños abrió la puerta. Tenía que ser Eric Marrin.
– Hola.
– Hola -sonrió ella, nerviosa.
– Mi padre está en el establo, pero vendrá enseguida.
– No he venido para ver a tu padre. ¿Tú eres Eric?
El niño asintió, mirándola con curiosidad.
– Yo soy… soy tu ángel de Navidad. Santa Claus me ha enviado para hacer realidad tus sueños.
Sabía que aquellas palabras sonaban ridículas, pero por la cara de Eric, al niño le habían sonado de maravilla. La miraba con tal expresión de alegría, que el perro empezó a mover la cola emocionado.
– ¡Espera un momento! -gritó, corriendo hacia el interior de la casa. Volvió unos segundos después con un abrigo y unas manoplas-. Sabía que vendrías -dijo entonces, tomando su mano.
– ¿Dónde vamos? -preguntó Holly, mientras bajaban los escalones del porche.
– A ver a mi padre. Tienes que decirle que no podemos ir a Colorado estas navidades. ¡A ti tendrá que escucharte porque eres un ángel!
Corrieron por un camino cubierto de nieve hacia el establo más cercano y los zapatos de Holly se empaparon. A un ángel de verdad no le importaría tener los zapatos mojados, pero…
Tendría que comprar ropa de invierno en Schuyler Falls si iba a trabajar en aquella casa.
– ¿Has hablado con Santa Claus? -preguntó Eric.
Holly dudó un momento y después decidió mantener la ilusión del crío.
– Sí, he hablado con él. Y me ha dicho personalmente que debes tener unas navidades perfectas.
Cuando llegaron al establo, el niño levantó la falleba, abrió las dos enormes puertas y prácticamente la empujó dentro.
– ¡Papá! ¡Papá, está aquí! -gritó, corriendo hacia el fondo-. ¡Mi ángel de Navidad está aquí!
Era un establo enorme, con un larguísimo pasillo flanqueado por docenas de cajones donde dormían los caballos.
