
Holly miró a Meg y después puso su atención en la carta que tenía en las manos. Había llegado aquella misma mañana a su oficina en Manhattan, cuando acababa de descubrir que, de nuevo, terminaría el año contable con números rojos.
Había abierto la empresa cinco años antes y aquella Navidad era el momento definitivo. Tenía casi veintisiete años y solo trescientos dólares en su cuenta corriente. Si la empresa no obtenía beneficios, se vería obligada a cerrar y probar con otra cosa. Quizá volver a la profesión que había estudiado y en la que fracasó: diseñadora de interiores.
Sin embargo, aunque tenía mucha competencia, nadie en el negocio de la Navidad trabajaba más y de forma más original que Holly Bennett.
Era consultora de decoración, compradora personal de objetos de Navidad y cualquier otra cosa que quisieran los clientes. Cuando se lo pedían, incluso hacía galletas con dibujos navideños o preparaba menús especiales hasta para doscientos invitados.
Había empezado decorando casas en barrios residenciales y sus diseños eran famosos por su originalidad. Como el árbol de mariposas que hizo para la señora Wellington. O lo que hizo para Big Lou, el rey de los coches usados, combinando repuestos de coche pintados de purpurina y con bolas de colores.
Durante aquellos años había trabajado también para empresas, tiendas en Long Island y alguna boutique de Manhattan. La demanda de sus servicios requirió que contratase una ayudante.
Y, sin embargo, seguía en números rojos.
Pero a Holly le encantaban las navidades. Siempre le habían gustado, desde que era una niña. Quizá porque el día de Navidad era su cumpleaños.
De pequeña, en cuanto pasaba el día de Acción de Gracias, sacaba los adornos navideños del ático en su casa de Siracusa. Después, Holly y su padre cortaban un abeto y la fiebre de cocinar, decorar y comprar no terminaba hasta el día dos de enero.
