Matt tenía el ordenador en un rincón y nunca lo usaba.

Era incapaz de manejarlo -como a el le gustaba decir, era un hombre del pasado, no del futuro-y su ineptitud era objeto de bromas entre sus alumnos.

– Tal vez sea un mensaje de la universidad.

Quizás van a financiar la excavación seis meses más.

– Cuando dan dinero, no mandan a nadie que tenga que recorrer medio mundo para entregarlo. Lo anuncian por la noche… en una sala vacía.

Nicole se rió. El se levantó y estiro los brazos.

– Bueno -comento-, sea quien sea, llega tarde para el almuerzo.

Matt se fue hacia la puerta.

– Solo espero que no sean malas noticias -dijo Nicole-. Me encanta estar aquí. He encontrado el trabajo de mi vida.

Matt sonrió.

– Tiene momentos especiales -afirmo.

Después, con una inclinación de cabeza, le señalo con la mano la puerta de la tienda de campana: una invitación a que se marchase. Ella le dirigió una mirada ardiente y cuando estuvo a su lado le pasó despacio el índice por el vientre, arrugándole la camisa y acariciándole la piel debajo del ombligo. Sin quererlo, Matt sintió que se excitaba.

¿Por que no dormía con ella? No es que no sintiera deseo; eso, gracias a Dios, no lo había abandonado.

Recordó la noche que Nicole tomo la iniciativa. Ella había entrado a hurtadillas en su tienda y se la encontró esperándolo en su catre. Bajo el pabellón de la mosquitera, que la cubría como una bata transparente, vio que estaba desnuda. A Matt le acometió una mezcla de deseo y de miedo. Se acercó a la caja en la que guardaba sus pertrechos, cogió una botella de un quinto de galón de whisky y se sentó en una canasta que había cerca de la cama. Estuvieron bebiendo los dos, pasándose la botella el uno al otro.

Ella se sentó, cubriéndose el pechó con una manta, pero una o dos veces, cuando se inclino para ir a cogerle la botella, no la sujeto y el vio sus senos, pequeños y firmes.



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