
– Y así llegamos al acontecimiento principal. Para ello hemos de remontarnos al mes de agosto del ano I856.
Tres años antes de que Darwin publique El origen de las especies. Ha estado trabajando en el durante unos veinte años y no tiene ninguna prisa por terminarlo. Pero pronto se entera de que un rival suyo esta trabajando en un manuscrito en el cual expone lo que el denomina ‹‹la selección natural››. Eso provocara que Darwin se ponga a trabajar a un ritmo frenético.
Se interrumpió y miro a sus alumnos; quería asegurarse de que la seguían. Sin saber por que empezó a ponerse un poco nerviosa; era una sensación vaga, desconcertante, y que desde hacia unos días iba y venia de forma inexplicable.
Levantó el puntero y la punta de goma roja rozo el mapa Susan acarició el centro con un movimiento circular y lento.
– Aquí, en este pequeño valle al este del Rin, se va a producir un hallazgo que trastocara las teorías científicas del siglo XIX. Y al igual que en muchos hallazgos importantes, el azar jugara un papel decisivo.
Levantó el puno. Se oyó otro clic y en la pantalla resplandeció una fotografía en color que mostraba praderas y claros umbrosos.
– Este es un pequeño valle tranquilo, sembrado de edelweis y narcisos trompones. En el siglo XVII la garganta recibió el nombre del director de un colegio de Dusseldorf, Joachim Neumann, quien acostumbraba a vagar por el valle en busca de inspiración para sus poemas y sus composiciones musicales, por cierto espantosas. Pero era un personaje querido y, al morir, los habitantes de mayor edad del pueblo decidieron poner su nombre a los campos que el adoro. Joachim era un pedante: prefería que se dirigieran a el utilizando la traducción griega de su apellido, Neander, que significa ‹‹hombre nuevo››.
– Dos siglos mas tarde, en 1856, un día tranquilo de agosto, unos obreros que trabajaban en una cantera descubrieron una cueva en la que había montones de huesos apilados junto a las paredes y esparcidos aquí y allá, aunque la mayoría de ellos estaban amontonados cerca del centro. Los obreros los tiraron todos salvo un puñado. Por algún motivo que desconocemos, el propietario de las tierras, un tal Felix Beckershoff, se intereso por aquellos viejos huesos y salvo unos cuantos: unos brazos, algún fémur, parte de una pelvis y el fragmento de un cráneo.
