
En la pantalla apareció otra diapositiva: unos trocitos de huesos, relucientes como piedras preciosas y de color marrón oscuro como cajas de cartón mojadas. Algunos eran perfectamente identificables: una bóveda craneal, un fémur inconfundible y una tibia muy delgada. El extremo del puntero no dejaba de moverse entre ellos, dibujando un ocho.
– Afortunadamente, Beckershoff conocía a J. C.
Fulllrott, el fundador de la Sociedad de Ciencias Naturales local. Cuando este tuvo delante los fragmentos, no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. ¿Que clase de huesos eran aquellos? El cráneo ligeramente inclinado, las extrañas e impresionantes protuberancias… ¿que explicación había que darles? Y los miembros arqueados. El cubito lesionado de un antebrazo. ¿A quien pertenecían? Aquellos huesos no eran de ningún animal, pero tampoco pertenecían a seres humanos vivientes ni a ninguna especie humana.
Susan volvió al atril. Ahora los alumnos estaban escribiendo febrilmente. No necesitaba consultar sus notas: había dado aquella clase decenas de veces. Con todo, no podía evitar sentirse vulnerable ni librarse de la sensación de que perdía el hilo. ¿Quienes son todas estas personas que me están escuchando?, se preguntó. ¿Que piensan en realidad?
Pugno por recuperar un tono de voz tranquilo, propio de una conversación distendida.
– Fuhlrott aviso a un anatomista de Bonn, un profesor llamado Schaaffhausen, que fue el primero en sostener la teoría de que aquellos especimenes eran algo absolutamente inimaginable: no pertenecían a ningún simio ni a ningún hombre, sino a un ser anterior al hombre, un ser de algún; especie que tal vez habito Europa antes de los romanos y lo celtas. Intenten imaginarse por un momento el osado salto que esta singular inducción venia a representar.
