La reacción de los profesionales no se hizo esperar. La teoría de la evolución estaba en ciernes. Sus gritos de amenaza retumbaban por los pasillos severos y respetables de la ciencia. Los representantes de la comunidad científica dominante se escindieron. Los evolucionistas cogieron el puñado de huesos y los enarbolaron – ¡rápido!-para esgrimir su revolucionaria teoría. Los antievolucionistas se lanzaron al ataque e insistieron en que aquellos huesos eran un hallazgo fortuito e insignificante. Los dos bandos estaban empatados. Incluso llegaron a intervenir pensadores famosos de la época, que aportaron nuevas explicaciones.

La verosimilitud no era un factor primordial que hubiera que tener en cuenta. Rudolf Virchow, el anatomista alemán más famoso de su tiempo, sostuvo que el ser al que pertenecía aquellos huesos era un hombre vulgar y corriente que sufrió raquitismo. El dolor atroz, concluyo, le hizo contraer lo arcos superciliares, los cuales se osificaron y dieron origen a la formación de aquellas extrañas protuberancias. Eminentes científicos tomaron partido en aquella controversia Darwin, por supuesto, también lo hizo. -Susan meneo ligeramente la cabeza y prosiguió-: Pero no debemos ser demasiado críticos. Recuerden que era una época de superstición, de una seudo espiritualidad y de un férreo conservadurismo considerable. Imaginar que el hombre podía proceder de un ser simiesco, por no hablar de un primo de cabeza plana al que parecía que le hubiese pasado un camión por encima, era un anatema.

– En aquel momento, sin embargo, intervino la providencia. Las pruebas se iban acumulando hasta que ya fueron incontrovertibles.

Volvió a levantar el puño y esta vez en la pantalla se vio un mapa de Europa, el norte de Afrecha y el subcontinente indio marcado con cruces negras, que parecían mucho mas profusas en el sur de Francia.



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