
– Se hallaron más fósiles y también huesos de inmensos mamíferos, algunos de ellos extinguidos, como el mamut y el ciervo gigante. Se hacia difícil rebatir aquello.
– El puntero dio unos golpecitos en la pantalla-. Empezaron a surgir huesos como las setas después de la lluvia. En Gibraltar, en Italia, en Bélgica, en Rusia, en Irak, en Israel.
Susan se sonrió. La ansiedad había cedido un poco.
Volvió al atril sin dejar de mirar la pantalla, como si esperara que sucediera algo sobrenatural. Cuando habló, su voz adquirió bruscamente la intensidad con la que se relata el momento culminante de una narración.
– Y de este modo… Las pruebas triunfaron. La ciencia salió victoriosa. William King, un anatomista irlandés, afirmo que el fósil pertenecía a una nueva especie humana. Se fundaba la paleontología. Aquella criatura fue reconocida, bautizada, analizada. Y le dieron un nombre que procedía del valle de las flores alpinas y de nuestro amado Joachim Neumann, director de colegio que escribía rimas insufribles.
– Y ahora, señoras y señores, vean a la estrella de nuestro espectáculo… -dijo Susan, cuya voz alcanzo un tono de vociferador carnavalesco, al tiempo que alzaba el puno y pulsaba el botón con el pulgar-. ¡El Homo sapiens neanderthalensis, mas conocido por todos ustedes como el hombre de Neandertal!
El aula quedó casi a oscuras cuando aquella figura gigante la invadió con su presencia. Era inmenso, hirsuto y ocupaba toda la pantalla. Aquel rostro demasiado largo resultaba extrañamente familiar por la gran cantidad de imágenes que habían visto de el y los cientos de sueños solo semirrecordados: la frente inclinada hacia atrás, las sobrecejas gruesas, horriblemente abultadas, la nariz prominente, ligeramente ganchuda, y el mentón redondo y huidizo. Era deforme, de una fealdad indecible, pero guardaba un parecido tan asombroso con la cabeza humana que las diferencias eran todavía mas grotescas. Era como si una mano enorme hubiera cogido una cabeza de cera y la hubiera alargado brutalmente.
