
Al lado del hombre de Neandertal, Susan parecía una enana. Al cruzar la tarima delante de su pechó peludo, sin prestar atención a la colosal figura que la acechaba a sus espaldas, el contraste le daba el aspecto amenazador; parecía King Kong espiando por la ventana a Fay Wray.
Aquel dibujo, del ilustrador checo Zdenek Burian, era su favorito. Le gustaba como había conseguido darle una expresión claramente humana. Había algo en las arrugas de la boca que recordaba a las que se forman al sonreír y aquellos ojos feroces e inteligentes parecían mirar a lo lejos, como si estuvieran contemplando algo digno de ser recordado para siempre; la propia extinción, quizás. Eran tan sagaces, tan nostálgicos y tan desesperanzados… Y aquellos hombros encorvados parecían doblados por un inefable cansancio.
Aquello no era una bestia. Era un ser idéntico al hombre.
Matt no concedía ningún crédito a los presagios -era demasiado escéptico para creer que el universo estuviera regido por una fuerza, ni siquiera por una fuerza malévola-, pero era incapaz de ahuyentar la convicción de que aquella nube de polvo no auguraba nada bueno. La sensación, ahora que el coche se acercaba, era cada vez más fuerte, aunque intentaba disimularlo delante de sus alumnos.
– Quizá vienen a traernos la pizza que hemos encargado -bromeó cuando acabaron de comer la carne de cabra recalentada de la noche anterior acompañada de cerveza Tusker tibia.
Cogió su vaso y, alejándose por la colina, fue a sentarse en una piedra grande desde donde podía contemplar la parte inferior de la excavación: el foso cavado en zanjas de estratos superpuestos, las carretillas con unas cribas encima, el viejo remolque que les servía de laboratorio, las cajas de herramientas que habían dejado en el suelo y que parecían pequeños ataúdes de madera. Era increíble; en aquel momento su mundo se reducía a aquel lugar, todos los demás carecía de importancia.
