
– Ojalá -respondió, mientras colocaba el abrigo sobre la barandilla y se empezaba a poner la bufanda.
– Es un traje precioso, querida -comentó Rose, tocándole suavemente una de las solapas-. Sin embargo, si me perdonas que te lo diga, creo que necesitas algo que le dé vida.
– Probablemente, pero las joyas buenas que tengo cabrían en la cabeza de un alfiler.
– ¡Deberías avergonzarte, jovencita! ¿Trabajas para una de las empresas de joyería más prestigiosas del país y no tienes joyas propias? -preguntó. Entonces, levantó la mano para indicarle que esperara-. Yo tengo lo que necesitas.
– Rose, no tienes que…
La mujer ya había desaparecido en el interior de su apartamento antes de que Sylvie completara su frase. Volvió a salir enseguida.
– Aquí tienes.
Rose tenía entre los dedos un espectacular broche, elaborado con metales preciosos. Varias piezas de ámbar brillaban entre otras gemas.
– No podría… ¡oh, es precioso! -exclamó Sylvie, inspeccionando la pieza-. Es una maravilla. ¿Dónde lo encontraste? ¿Quién lo hizo?
– Un diseñador que conocí hace mucho tiempo -respondió Rose, mientras colocaba el broche contra la solapa de la chaqueta de Sylvie-. Esto es exactamente lo que necesitas hoy.
– No podría. Es demasiado valioso…
– Y no hace nada más que atrapar polvo en mi joyero -le interrumpió Rose. Entonces, le prendió el broche sobre la tela-. Mira qué bien queda -añadió, mientras giraba a la joven para que pudiera verse en el espejo que había en el vestíbulo.
– Tienes razón. Es perfecto -susurró Sylvie, tocando suavemente el broche con un dedo. Aquel día necesitaba toda la confianza en sí misma que pudiera reunir. Tal vez, solo en aquella ocasión, debería tomar prestado el broche-. De acuerdo. Tú ganas.
Se volvió y besó a Rose en la mejilla.
– ¡Estupendo! Bueno, ahora es mejor que te vayas, querida. Sé que te gusta llegar a tu trabajo temprano y hoy la acera va a estar un poco resbaladiza, a juzgar por lo que he visto desde mi ventana.
