
Sylvie asintió y terminó de anudarse la bufanda alrededor del cuello. Entonces, se puso el abrigo y se colocó bien la capucha sobre la cabeza.
– Deséame suerte. Hoy tengo una reunión muy importante -dijo Sylvie. Aquello no era una mentira. El hecho de que no la hubieran invitado a la reunión no venía al caso.
– Buena suerte -replicó Rose, cruzando los dedos de ambas manos-. Con ese broche, casi te la puedo garantizar.
Sylvie abrió la puerta principal y la cerró con mucho cuidado para que no diera portazo.
– Gracias de nuevo, Rose. Hasta esta noche.
– ¡Un momento, señor Grey! Lo que está proponiendo tal vez sea legal, pero también es inmoral.
Dos horas después de llegar a su trabajo, Sylvie irrumpió en la sala de conferencias y se dirigió con decisión hasta la enorme mesa alrededor de la que estaban sentados los miembros del consejo de Colette Inc., la compañía de joyas para la que ella llevaba trabajando desde hacía cinco años, la empresa en la que, por primera vez en su vida, sentía que encajaba. Colette y sus empleados eran su familia y nadie iba a meterse con la familia de Sylvie.
Como respuesta a su intrusión, se levantó un murmullo de sorpresa en la sala, pero Sylvie casi ni se dio cuenta. Toda su atención estaba centrada en el hombre que se estaba poniendo lentamente de pie en la cabecera de la mesa. Entonces, sintió que el estómago se le hacía un manojo de nervios. Sin embargo, alguien tenía que actuar.
Miró fijamente a Marcus Grey, el cretino sin ética que estaba tratando de arruinar a Colette. A medida que se fue acercando y la mirada de él se cruzó con la suya, sintió otra sensación en el estómago. Aquel hombre no parecía el que había visto en las pocas fotografías que habían salido en los periódicos. En realidad, no parecía la imagen del ogro que se había creado en su propia imaginación. En vez de ogro, parecía un príncipe…
