Sintió una fuerte sensación de pura atracción física. El hombre tenía una potente mandíbula, con una protuberante barbilla, fuertes y blancos dientes y bien afeitadas mejillas. Su piel estaba ligeramente bronceada, lo que se combinaba perfectamente con su cabello oscuro. Demasiado perfectamente. El color hacía que sus verdes ojos relucieran con la brillantez de una esmeralda. Bajo la recta nariz había una amplia boca, de finos labios, que se estaba curvando en aquel momento en un gesto de diversión completamente inapropiado.

Sintió que las mejillas se le cubrían de rubor al devolverle la mirada. ¿Y qué si aquel hombre era tan guapo? Seguía siendo un ogro.

Él la miró durante un largo rato, sin romper el contacto visual. Sylvie decidió que ella tampoco lo haría. Los hombres de negocios eran como perros, el que sostenía durante más tiempo la mirada era el dominante, por lo que decidió que preferiría quedarse ciega antes de ceder ni un milímetro. Sin embargo, a medida que los ojos de aquel hombre continuaron devorándola, la sensación le resultó tan turbadora que finalmente tuvo que apartar la mirada. Decidió que, afortunadamente, no pertenecía al género canino, porque Marcus Grey no iba a dominarla nunca.

– Dado que todavía no he propuesto nada, no veo la inmoralidad de asistir a una reunión del consejo de dirección. Yo soy el socio mayoritario -dijo Grey, con voz fría y sosegada.

– Conozco todos sus esquemas -replicó Sylvie, al tiempo que se detenía delante de él. Mientras hablaba, sacudía el dedo índice delante de su cara-. Todos las conocemos. En Colette, todos los empleados somos una familia, señor Grey, y no vamos a permitirle que nos destruya.

Él levantó las cejas. Con mucha deliberación, la miró de arriba abajo, deteniéndose ligeramente sobre su pecho antes de seguir bajando. Sylvie se puso furiosa. Tuvo que contener la necesidad de pegarle una buena patada en cierta parte de su cuerpo, lo que le impediría volver a mirar a otra mujer de aquella manera durante bastante tiempo. No obstante, al mismo tiempo, sintió como si la mirada le hubiera dejado un rastro de fuego sobre cada parte que había contemplado.



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