Cuando volvió a mirarla a los ojos, su sonrisa era aún más amplia.

– Me tiene en desventaja, señorita…

– Bennett -respondió ella, furiosa consigo misma por sentirse tan afectada por aquella mirada solo porque era un hombre muy atractivo-. Subdirectora de marketing.

– Señorita Bennett -repitió él-, ¿qué viles esquemas se supone que he urdido para destruir esta empresa?

– Dado que se le entregó un requerimiento para que no liquidara las empresas de Colette, no creo que necesite que le recuerde sus intenciones.

– Si no se le ha olvidado, ese pleito fue rechazado -dijo él suavemente-, por falta de pruebas -añadió. Entonces, inclinó suavemente la cabeza y la estudió durante un largo momento, durante el cual Sylvie trató de encontrar una réplica adecuada, pero, para su sorpresa, él dio un paso al frente y la tomó del codo-. Venga conmigo, señorita Bennett.

– ¿Cómo dice?

Mientras él se excusaba frente al resto de los directivos y se dirigía con ella hacia la puerta, sin que Sylvie pudiera hacer nada para impedirlo, ella vio algo completamente inesperado. Rose estaba al pie de la mesa del bufé, vestida con un traje azul marino. ¿Rose?

Sylvie casi se tropezó mientras Marcus Grey la llevaba hacia la puerta. Al pasar al lado de Rose, esta le hizo un discreto gesto de que todo iba bien con los pulgares hacia arriba y le guiñó un ojo. ¿Qué diablos estaba haciendo Rose en la reunión del consejo de dirección de Colette?

Sylvie sintió que el estómago se le hacía un nudo cuando se fijó en uno de los camareros. También con traje azul marino… ¡Rose llevaba puesto un uniforme! Dios santo, si sus circunstancias eran tan penosas que tenía que tener un segundo empleo para llegar a final de mes, ¿por qué no había subido los alquileres? Sylvie suprimió un sentimiento de culpabilidad al recordar que, cuando le ofrecieron aquel hermoso apartamento, se dio cuenta de que el alquiler era tan modesto que estaba dentro de sus limitados medios.



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