
Cuando llegaron a la puerta de la sala de conferencias, Grey la abrió y se echó a un lado para que Sylvie pasara primero, pero sin soltarla. En cuanto salieron al vestíbulo, ella se zafó bruscamente de él y se volvió a mirarlo.
– No se librará tan fácilmente de mí -le advirtió-. No puede desmantelar Colette así como así sin que todos nosotros, los que tanto la amamos, no hagamos nada para impedírselo.
La sonrisa que había habido en su rostro había desaparecido. Se había visto reemplazada por una implacable determinación.
– Ahora, yo soy el accionista mayoritario. Puedo hacer lo que quiera con esta empresa sin que vosotros podáis hacer nada para impedírmelo.
– Enviaremos otro requerimiento.
– Una dificultad temporal -replicó él, tratando la amenaza de otro pleito como si no significara nada para él. Esa actitud hizo que Sylvie cambiara de táctica.
– ¿Qué puedo ofrecerle para conseguir que cambie de opinión, señor Grey?
– ¿Es eso una oferta personal o profesional, señorita Bennett? -preguntó, levantado las cejas.
Sylvie sintió que el rubor le cubría las mejillas.
– Puramente profesional, se lo aseguro. Todos los empleados de Colette comparten el mismo nivel de compromiso por esta empresa que yo.
– ¿Cuál es su nombre?
– ¿Cómo?
– Le he preguntando que cuál es su nombre, señorita Bennett.
– Sylvie. ¿Por qué?
– Quería saber qué nombre iba con un envoltorio tan atractivo.
