
Sylvie volvió a sonrojarse, aunque se sintió furiosa consigo misma por el placer que le produjo tal cumplido.
– El acoso sexual es un delito muy feo, señor Grey. Tenga cuidado.
– Llámame Marcus -replicó él, sin prestar atención a sus palabras-. ¿Podríamos hacer un trato, Sylvie?
– ¿Como cuál? -preguntó la joven, mirándolo con los ojos llenos de sospecha.
– Que vayamos a cenar. Tú y yo. Esta noche. A cambio de eso, te prometo que no tomaré ninguna medida en esa reunión del consejo de dirección que afecte negativamente a Colette Inc.
– ¿Por qué diablos quiere usted cenar conmigo?
– Porque eres una mujer muy atractiva y me gusta tu estilo. Y porque me has intrigado. ¿Qué puede hacer que una empleada tenga unos sentimientos tan fuertes sobre una empresa en la que no tiene nada invertido? Hay probablemente otros trabajos mejores para una mujer tan ambiciosa como tú.
– ¿Cómo sabe que soy ambiciosa? -le espetó ella-. Tal vez sea perfectamente feliz con el puesto que ocupo aquí.
– Y las ranas tienen pelo. Cada uno reconoce a sus iguales, Sylvie. Bueno, ¿qué me dices?
– ¿Qué ocurrirá si me niego?
– Creí que querías lo mejor para Colette Inc.
Jaque mate. Menuda rata… Sylvie empezó a pensar. ¿Cuál sería el daño? Al menos podría conceder a Colette más tiempo para las maniobras legales, aunque no pudiera convencerlo a él de que no cerrara la empresa. Además, no era que aquel hombre fuera completamente odioso. Si no fuera el hombre que… bueno, el hombre que era…
– Supongo que me veo obligada a aceptar. ¿Tengo su palabra de que hoy no tomará ningún tipo de acción contra la empresa?
– Palabra de honor -respondió él, levantando la mano derecha.
– Ya -replicó ella, antes de darse la vuelta para marcharse-. Como si eso valiera algo. Una persona de honor no consideraría dejar a más de cien personas sin trabajo.
– ¿Quién ha dicho nada de dejar a la gente sin trabajo?
