
– ¿No es eso lo que está pensando hacer? -quiso saber Sylvie, tras darse la vuelta inmediatamente.
– Lo que estoy pensando es hacer un trato beneficioso.
– Sin tener en cuenta quién salga perjudicado -le espetó ella. Entonces, se dispuso a volver a su despacho.
– Sylvie -dijo él, antes de que se marchara-. Sé mucho más de lo que te puedas imaginar sobre las personas que salieran perjudicadas por las transacciones empresariales. En mis ecuaciones, siempre tengo en cuenta a los empleados.
Algún tiempo después, tras recibir una reprimenda de su jefe por su comportamiento, Sylvie se encerró en su despacho y se preguntó qué sería lo que le habría pasado. A menos que se hubiera equivocado, las amargas palabras de Marcus Grey no dejaban ninguna duda. Aparentemente, él sentía que algún desgraciado trato empresarial le había perjudicado… ¿Podría haber sido en sus negociaciones con Colette? Eso podría explicar el modo en que iba a por la empresa.
Decidió seguir un impulso y, tras conectarse a la red, empezó a buscar información. Si tenía que salir a cenar con él aquella noche, tenía la intención de saber todo lo que hubiera que saber sobre Marcus Grey, lo que incluía cualquier detalle de su vida que hubiera provocado que pronunciara aquellas misteriosas palabras.
Mientras se montaba en su brillante Mercedes negro aquella tarde, Marcus pensó en el contoneo con el que Sylvie Bennett se había marchado en dirección a su despacho aquella tarde, después de que se hubieran despedido.
Siempre se había preguntado cómo los hombres podían dejarse dominar por sus hormonas. En las numerosas relaciones que había tenido con mujeres a lo largo de los años, nunca había sido el que perdiera el control. Nunca se había dejado llevar por las emociones hasta aquel punto. A pesar de que había disfrutado apasionados encuentros con el bello sexo, una parte de su cerebro siempre se había mantenido funcional.
