Elizabeth trató de parecer animada.

– Estoy bien, Min. Un poco cansada, tal vez. Acabo de llegar hace unos minutos.

– No deshagas las maletas. Vendrás a «Cypress Point» mañana por la mañana. Te aguarda un pasaje en las oficinas de «American Airlines». El vuelo de siempre. Jason te recogerá en el aeropuerto.

– Min, no puedo.

– Como mi invitada.

Elizabeth casi se echó a reír. Leila siempre había dicho que ésas eran las tres palabras más difíciles de pronunciar para Min.

– Pero Min…

– Ningún «pero». Cuando nos vimos en Venecia te vi muy delgada. El maldito juicio será pronto y no va a ser fácil. Ven, necesitas descansar y que te mimen un poco.

Elizabeth casi podía ver a Min, con su negro cabello recogido y esa imperiosa necesidad de que sus deseos fuesen cumplidos en forma inmediata. Después de unas cuantas protestas inútiles, Elizabeth se oyó aceptar los planes de Min.

– Entonces, mañana. Me alegro de poder verte. -Cuando colgó el auricular, estaba sonriendo.

A mil ochocientos kilómetros de distancia, Minna von Schreiber aguardó a que se cortara la comunicación y luego comenzó a marcar otro número. Cuando le contestaron, susurró:

– Tenías razón. Fue fácil. Aceptó venir. No te olvides de fingir que te sorprendes al verla.

Su marido entró en la habitación mientras ella hablaba. Aguardó a que terminara la llamada y luego estalló:

– ¿Entonces la invitaste?

Min lo miró desafiante.

– Sí, lo hice.

Helmut von Schreiber frunció el entrecejo. Sus ojos azules se ensombrecieron.

– ¿Después de todas mis advertencias? Minna, Elizabeth podría derrumbar nuestro castillo. Para el fin de semana, estarás más arrepentida que nunca de esa invitación.


Elizabeth decidió entonces comunicarse de inmediato con el fiscal de distrito. William Murphy se sintió complacido de oírla.

– Señorita Lange, ya empezaba a preocuparme.



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